Este joven profesor de filosofía había hablado en su escuela de Calenzano sobre el diálogo de Patón, Apología de Sócrates.
“San Donato de Calenzano 20/5/53.
Querido Parigi:
como habrás observado, yo no mido mucho las palabras, ni calculo nunca qué conviene decir y qué callar. Y esto forma parte de un preciso programa, es decir, lograr la confianza de los chicos y del pueblo y educar a unos y otros a hacer otro tanto.
Pienso que la cosa va bien cuando se habla a gente que se ve con frecuencia y con la que habrá tiempo y forma de disipar malentendidos, acabar de aclarar, completar y llenar lagunas, retirar errores, pedir perdón o remachar de otra forma en otra ocasión.
Así que con los chicos que, desde hace seis años, frecuentan cada tarde nuestra escuela popular, me puedo permitir perfectamente decir las cosas más sucias y heréticas porque el conocimiento de mi fe y ortodoxia, hecho en seis años, no se deshace en una tarde. Quien me ha conocido católico durante años de una tan profunda convivencia intelectual y moral como es la escuela, si me ve eliminar el crucifijo no me tratará jamás de hereje, sino que se preguntará cordialmente cómo este acto deba catolicísimamente ser interpretado católico, ya que ha sido hecho por un católico. Pero como tú y tu mujer no tenéis ocasión de verme con frecuencia, temo que mi brutalísima intervención os pueda haber turbado todavía más vuestro ya turbado conocimiento de las cosas eclesiásticas.
Por eso te ruego que no aceptes como un juicio definitivo sobre la organización eclesiástica nada de lo que dije esa tarde y recuerda que quien vive sólo de papel impreso (como desgraciadamente tenéis que hacer los intelectuales) no logrará jamás aferrar un hecho viviente y real como la Iglesia. Si tú, por ejemplo, quisieras (por lo que me has oído a mí) argüir que la Inquisición trabaja, que la Iglesia es una tenebrosa sociedad de espías y opresores y que, si un cura dice la verdad o se alista con los pobres inmediatamente, es enviado a la horca, te equivocarías mucho. De hecho, por el lado contrario, yo vivo desde hace diez años en estrecho concubinato con la Iglesia y la amo hoy más que cuando hace diez años la encontré por primera vez. Ni han sido condenados mis liberalísimos artículos, ni hasta ahora me han obligado a beber la cicuta, ni, cosa mucho más simple y común, he sido nunca trasladado de una capellanía a otra.
Así que para penetrar en este intrincadísimo ovillo de ilimitada libertad y tenebrosísima opresión tú no tienes suficientes elementos, aunque hayas asistido, tal vez, involuntariamente, al último día de vida de mi queridísima escuela.
En resumen, te he escrito todo esto sólo para ponerte en guardia contra ti mismo y para defender a mi queridísima esposa la Iglesia, a la que amo entre infinitos litigios y contrastes (como todo buen marido suele hacer), de los superficialísimos juicios que vosotros los intelectuales soléis haceros sobre las cosas de la vida real, que por fuerza de cosas no podéis jamás palpar con las manos, sino sólo a través de la tinta y de la elaboración intelectual.
Además quería darte las gracias por haber venido y por la forma con que has dado la clase y por el actualísimo argumento escogido. Más aún, la Apología te la devolveré, si me permites, dentro de algunas semanas, porque algunos chicos la han querido leer y otros todavía la leerán y todos están muy metidos en ella.
Toda visita tuya me agradará siempre muchísimo.
Recibe ahora un saludo afectuoso y hasta pronto, tuyo
Lorenzo
P.D. Si no me equivoco, se te escapó decir a propósito de Adán: "Tres mil años antes de Cristo, como dice la Escritura...". Te ruego que no lo vuelvas a decir. Todos mis chavales de 4ª elemental saben que la Iglesia pide estas cifras sólo a los antropólogos y a los geólogos y no a la Escritura. La cual, por lo demás, no da ninguna cifra a ojo y si la diera no sería atendible porque cada manuscrito traería una distinta”.
(DPP 27-8. LPB, pág. 18-21).
- Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios
