CARTA A UNOS NOVIOS
que les fue entregada el día de su boda
"Barbiana 30 de marzo de 1956.
Querida Simona:
El principal motivo por el que se casa un cristiano es por tener siempre cerca una mujer que le recuerde diariamente los altos ideales por los que ha prometido vivir y de los que podrán apartarle diariamente compromisos de su trabajo.
Por eso te escribo a ti las cosas que me interesa que Serafino tenga presentes a lo largo de vuestra vida en común y en su profesión de médico.
Así que conserva celosamente esta carta en el cajón de la mesa de la cocina y reléela cuatro veces al año, al principio de cada estación, para que hagas con ella el examen de conciencia tuyo y de tu marido.
En cuanto tengas tu casa, asómate a la ventana y mira un poco a tu alrededor.
Te darás cuenta de que el mundo está mal. Dios lo había creado cuidadosamente, había hecho a los hombres todos pobres e ignorantes. Pero los hombres, no se sabe cómo, se las han arreglado para levantar a unas cuantas decenas de personas muy ricas y muy instruidas y dejar a todos los demás como Dios los había creado.
De esta violación del orden natural han nacido infinitos males que aquí no voy a enumerar, porque me imagino que ya tienes idea clara de ellos.
También verás desde la ventana de tu casa que en este mundo infeliz van siempre del brazo riqueza e instrucción. Quien es más instruido gana más dinero. Quien tiene más dinero hace estudiar a sus hijos. Y así sucesivamente en un círculo cerrado.
Los señores te dirán que no es verdad y que un agricultor gana más que un profesor. Pero tú no les creas. Respóndeles: “si es así, háganse agricultores”.
Aunque lo mejor será que te acostumbres a no hablar nunca con los señores. Sus razonamientos nunca son serios, ni necesarios, ni hay forma de aprender nada.
Así que decíamos que riqueza e instrucción siempre van del brazo, pero (¡oh, inmensa gracia que Dios te ha hecho!) ahora tú llevas del brazo a un hombre que desmiente esta regla. Una de esas raras excepciones que hasta este mundo equivocado e injusto logra dar a luz en alguna ocasión.
Tu Serafino es hijo de un pobre obrero. Más aún, un poco menos que hijo de un obrero. Es hijo de la viuda de un pobre obrero. Más aún, un poco menos que hijo de una viuda. Es uno de esos infelices criados en el infierno de los hijos de viudas de pobres obreros: el internado. Un santo internado fundado por un santo*, pero no por eso menos infierno de sufrimiento.
Estas cosas no son tristes recuerdos que hay que tratar de olvidar en este día alegre. Al contrario, son las glorias de tu nueva familia. Las cosas de que debes enorgullecerte cada día ante tus amigas. Títulos nobiliarios que dan lustre a tu estirpe.
A pesar de todo, este muerto de hambre, hoy tu marido, lleva junto a su nombre el título de "doctor". Animal rarísimo, como te he dicho. La suma instrucción en la suma miseria.
Aquí en el monte Giovi hay unos veinte muchachos que nunca han ido a la escuela. No han ido a la escuela porque tenían que cuidar las ovejas. Las ovejas han dado corderos, queso y lana. Y un administrador ha hecho el reparto. La mitad que les ha quedado a estos chicos apenas ha bastado, casi, casi, para que no se mueran de hambre. La otra mitad, que ha ido a una buena casa de Florencia, unida con otras muchas mitades, ha bastado para mantener estudiando al señorito. El trabajo más duro que ha tenido en el mundo ha sido el de levantar su pluma estilográfica electrónica. Su preciosa mente es un pozo de ciencia; los pobres que le visitan le sueltan más cuartos y le respetan.
Nadie se acuerda o nadie sabe que para hacerle doctor a él estos chavales míos se han quedado analfabetos, como animalillos entre los animalillos.
Simona. Como ése son casi todos los doctores, menos tu doctor.
Los obreros italianos derraman su sangre en 400.000 accidentes laborales al año y en infinitas enfermedades profesionales y no reciben provecho alguno de su trabajo ni de su martirio para poder dar estudios a sus hijos. Pero la gran mayoría de los estudiantes universitarios estudian a costa de su sudor, de su sangre y de su analfabetismo.
Si ese título universitario pudiera hablar, entonces veríamos a los doctores disfrazarse de labradores y escurrirse furtivos pegados a la pared con la cabeza gacha, intimidados por la mirada de cada pobre con que se cruzaran por la calle. Sin embargo, tu Serafino ese día no tendría nada que temer. Su título es un título incontaminado. Por ahora.
Pero tú ten cuidado, amiga, que hasta hoy ha ido bien. Desde hoy, la gloria de tu casa pende de un hilo. Sé tú quien vigile. Todos los días, amigos, colegas, periódicos, libros, se unirán para corromper a tu Serafino y hacer de él un doctor como todos, un ejemplar de su misma especie.
Sólo tú puedes salvarlo de esa deshonra, pero hace falta que lo hagas objetivo de toda tu vida, que seas constante en ese propósito, dispuesta al martirio, a cortar sin piedad aun en lo vivo de tus propias vanidades y ambiciones.
¿Cómo prever, en la práctica, las ocasiones que te vas a encontrar? Te pongo dos o tres de las que se me ocurren; en otras, tendrás que arreglártelas tú misma.
Por ejemplo, no te tutees con las esposas de los médicos, de los maestros y de los farmacéuticos de tu pueblo. Mantenlas lejos de tu casa. Espía lo que leen y cómo viven, pero sólo para estar segura de que no lees nunca lo que ellas leen, ni vives jamás como ellas viven.
Cuando las cosas os vayan un poco mejor y empecéis a tener algún dinero de más, no sueñes con electrodomésticos para tu casa. Piensa mejor en preparar una consulta rica de cuanto puede aliviar a los pobres gastos y sufrimientos.
Búscate las bendiciones de los pobres, no tanto con tus limosnas, cuanto con vivir más pobremente que ellos.
Cuando tu Serafino, temeroso de no haberte hecho suficientemente feliz, quiera llevarte por el mundo o de veraneo, sé tú entonces la primera en proponerle comprar los libros de la escuela a los hijos de las viudas, para que lleguen a ser médicos de los pobres, como él. Cuando oigas a Serafino decir en la consulta: “aquí haría falta sobrealimentación”, intenta que nadie pueda echarle en cara que recetaba filetes a los pobres sin regalárselos. No permitas que tu Serafino tenga escrúpulos de solidaridad con los demás médicos por las tarifas.
Las tarifas prepáralas tú diariamente, sólo escrupulosamente proporcionales a tus necesidades cotidianas, escrupulosamente niveladas con las necesidades del hogar de esas esposas obreras que viven alrededor de tu casa.
No permitas nunca que tu Serafino se apunte a huelgas contra el seguro.
La palabra huelga es sagrada entre los pobres, su única arma contra los señores. Desentona en la boca de los señores doctores, utilizada para combatir la organización del sufrimiento de los pobres.
Etc. etc. etc.
Ahora no me vienen a la mente otros ejemplos. Por lo demás, espero que ya me habrás entendido. Que harás que tu casa sea pobre y bendecida por los pobres, y Dios pensará en todo lo demás.
Si los pobres están contigo, también El estará contigo, y si El está contigo ¿de qué tienes miedo? Cuidará de tus hijos y asegurará su provenir con más seguridad que una cuenta corriente o una póliza de seguros.
Si tu fe es tan poca que no crees estas sencillas cosas, ¿cómo pierdo el tiempo en hablar contigo?
Recibe ahora mis afectuosos deseos y ninguna bendición.
Ya has tenido esta mañana la bendición del Padre [don Facibeni], que vale más que la mía. Búscate ahora las bendiciones de los pobres, que valen más que la del Padre y, luego, duerme serena entre cuatro almohadones.
Tuyo, Lorenzo"
*Se trata de la obra de
(M.Gesualdi 1987, 122-6)
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